diumenge, maig 29, 2005

Gustar, conocer, saber, opinar

Hay cierta tendencia entre algunos que acostumbran a fundir estos tres términos (gustar, conocer, saber) conviertiéndolos en poco menos que sinónimos. El proceso deductivo que usan es el siguiente: a ti te gusta algo, ergo lo conocerás, ergo sabrás, ergo estarás legitimado para opinar y hablar. Este encadenamiento que podría ser válido en el campo científico y técnico viene aplicándose a terrenos mucho más prosaicos. Me refiero, en este caso, al mundo de las artes en la vertiente del espectador y pienso, sobretodo, en el campo del cine y de la música.

Parece ser que para demostrar que te gusta el cine debas demostrar también que lo conoces en profundidad y eso no es así. No debe confundirse el cinéfilo, aquel que gusta del cine, del "filmólogo" o el erudito de cine. Uno puede disfrutar de algo sin necesidad de conocer nada, incluso desde cierta perspectiva kantiana sería deseable este desinterés por lo que se mira a través del desconocimiento de todo agente externo que lo envuleve. Parece que uno no pueda decir si le parece buena o mala una película si no demuestra conocer antes la filmografía del director, con quién se acuesta la script o cómo se llamaba la encargada de coserle los bajos del pantalón a los actores de reparto. Sucede lo mismo con la música, uno debe conocer bien la trayectoría del bajista para poder opinar sobre si lo que escucha es bueno o malo, o mejor si le gusta o no. Este es otro vicio del pseudo-erudito confundir gusto con juicio de valor objetivo, cuándo son cosas distintas.

Para hacernos una idea de lo demencial de esta postura podemos establecer un caso comparativo con algo tan prosaico también y tan necesario como la cocina; cambiamos vista y oido por gusto, al fin y al cabo todo se limita a aquello que lo sensorial despierta en nosotros. Desde el punto de vista del intransigente sería cuánto menos atrevido decir "estos macarrones me gustan, están muy buenos" si antes no conocieras la historia de la pasta, la llegada del tomate a europa, o la evolución que dicho plato ha sufrido a lo largo de los años. Huelga decir que el más purista, achacaría además el hecho de ser un plato de confección demasiado tradicional, de gusto vulgar, que no tendría parangón a una desconstrucción de penne con texturas de sofrito y caviar de ternera de la Pampa.

Todo esto viene a colación por una cierta sensación de malestar que me producen estas actitudes altivas, me incomodan bastante. Me gusta el cine, disfruto con él, me enriquece, me emociona, me fascina y lo mismo me sucede con la música. Sin embargo no me preocupo lo más mínimo por todo lo que lo envuelve, no me interesa ser un erudito, tan sólo quiero disfrutarlo a mi manera. No es necesario que sepa como se llama el director de fotografía para poder apreciar su trabajo. Todo mi conocimiento en estos campos, lo qué sé, es contingente, fruto del azar y de mi memoria caprichiosa y no de un afán por saber. Con esto, y para que no se malentienda mi intención, no pretendo criticar a aquellos que se preocupan por saber en estos campos, todo lo contrario. Lo que pretendo es criticar a todos aquellos que arropados por ese saber se creen legitimados para juzgar las opiniones de los demás. Creo que hasta del más necio se aprende y que toda opinión es, primero respetable y, segundo, aprovechable. La altivez y la pedantería son el gérmen de la necedad. Debo decir, para ser ecuánime, que he tenido la suerte de conocer a gente con gran conocimiento y que, sin embargo, se mostraban siempre respetuosos a la par que receptivos a las opiniones ajenas. De estas personas, a las que admiro, es de quien más he aprendido; no tan sólo en lo que respecta a conocimiento puro y duro sino también en tanto a como predisponerse intelectualmente.

Me gusta saber la opinión de la gente, me gusta escucharla, enriquecerme con sus aportaciones sin prejuicio alguno. Me gusta aprender, aprehender y, sobretodo, me gusta disfrutar.





P.D. Como algunos habreis observado he incluído un radio.blog. Lo iré actualizando cada tres semanas aproximadamente. Ahora mismo hay una selección de doce temas de los años sesenta que flirtean, cuándo no lo son de facto, con la psicodélia. No son los más ilustrativos, de hecho tampoco he pretendido que lo fueran. Para próximas entregas se aceptan gustosamente sugerencias... aunque después haré lo que a mi me plazca. :P

dissabte, maig 21, 2005

Apuntes del subsuelo

Soy un hombre enfermo... Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático. Creo que padezco del hígado. Sin embargo, no sé nada de mi dolencia ni sé a ciencia cierta de qué padezco. No estoy en tratamiento y nunca lo he estado, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. Por añadidura, soy sumamente supersticioso, al menos lo suficiente para respetar la medicina. (Soy lo bastanten culto para no ser supersticioso, pero soy supersticioso.) No señor, me niego a ponerme en tratamiento por puro despecho. He aquí algo que ustedes probablemente no comprenden. Ahora bien, yo sí lo comprendo. Yo, por supuesto, no sabría explicarles contra quién precisamente va dirigido mi despecho en este caso; sé perfectamente que no puedo a los médicos por el hecho de no consultar con ellos; sé mejor que nadie que el único perjudicado en esto soy yo y sólo yo. En todo caso, si no me pongo en tratamiento es por despecho. ¿Que mi hígado está mal? ¡Bueno, pues que se ponga peor!

Así empiezan "Los apuntes (o memorias, según la versión) del subsuelo" de Fiodor Dostoievski. Posiblemente no sea su mejor novela, tampoco es la más célebre pero sin embargo me parece la más fascinante. Debo reconocer que no he leído toda la producción literaria del escritor ruso, tan sólo conozco "Humillados y ofendidos", "Crimen y castigo", "Los hermanos Karamazov" y estos "Apuntes del subsuelo" que me ocupan ahora. Sin embargo me resulta algo difícil pensar que algunas de las novelas que aún no conozco lleguen a ahondar tanto en mí como ésta.

Lo más sensato sería ir desgranando la novela poco a poco, pero por razones de espacio, tiempo y ganas no voy a hacerlo; quizás algún día vuelva sobre ella. Tan sólo me limitaré a esbozar lo que más me fascina de ésta obra.

Lo primero que llama la atención es la crudeza con se relata, más bien la crudeza con que el personaje se va dibujando a sí mismo a lo largo del libro. Es un ser alienado, algo muy corriente por otra parte en las obras de Dostoievski, pero es más que eso. Es un ser excéntrico, periférico, en un sentido estricto de la palabra; es alguien que se encuentra fuera de lugar y es consciente que, por mucho que lo intente o lo quiera, nunca podrá inserirse. Inquietante es el hecho que sea alguien que no tiene nombre -algo de lo que uno se percata al cabo de cierto tiempo-, esto le confiere un status de ente errante (extra-vagante mejor), puesto que no tener nombre es lo mismo que no existir; el nombre te situa en la realidad, su ausencia te situa fuera de ella. Es un ser atormentado por ello, por saberse fuera de todo lugar y por saber que nunca podrá acceder a alguno.

Este ser es, en cierto modo, la antítesis del super-hombre nitzscheano. A diferencia de éste no se alza por encima de los hombres sinó que se hunde por debajo de ellos. Son dos polos que nacen de una misma situación pero que marcan dos líneas de actuación diametralmente opuestas. En Nietzsche el super-hombre se erige como una especie de faro, como Zaratustra tiene una vocación predicadora, redentora, cuasi mesiánica pensaria uno; pretende abrir los ojos, se regocija de sí. Es un ser Activo. Mientras, el sub-hombre dostoievskiano penetra en el subsuelo y allí se muerde la lengua, grita, se castiga y lacera; se encierra en sí, se detesta. Es un ser Pasivo.

Desconozco, o bien soy incapaz de recordar ahora mismo, alguna obra o escritor que tomara la tendencia activa de Nietzsche. Pero si conozco un ejemplo paradigmático del sub-hombre: Gregor Samsa. Éste es, en efecto, otro caso parecido al de la obra de Dostoievski. Resulta curioso, cuánto menos, encontar este párrafo en "Los apuntes...": Quieran o no escucharme, me propongo contarles, señores, por qué ni siquiera pude cambiarme en insecto. Les diré con toda solemnidad que intenté muchas veces cambiarme en insecto. Pero ni aun en eso tuve suerte. Es sorprendente como años más tarde el pesonaje de Kafka sí consigue esa transformación en insecto, dando un nuevo cariz a este sub-hombre.

Creo que aún hoy día, mediando entre nosotros y Dostoievski mucho más de un siglo, sigue siendo vigente este sub-hombre, sino más. Quizás el pesimismo que guía mi forma de ver el mundo y mi carácter más bien conciliador (pseudo-estoico diría yo) me ligue furtemente con este arquetipo, mucho más sin duda que con el super-hombre nietzscheano, y haga que me sienta fuertemente atraído por este libro.

Y vosotros, incautos lectores de este blog, ¿que actitud juzgais más idónea para hacer frente al mundo?.

Saludos desde mi cubil subterráneo.

dissabte, maig 14, 2005

Ensoñaciones

Supongo que aquí generalizaré a partir de algo particular. Soy bastante proclive a las ensoñaciones y, por ello, doy por supuesto que también la mayoría de personas lo es. Se producen en un instante, generalmente cuando uno está inundado por un cierto sosiego; se conforman lentamente, como la niebla, y te trasladan fuera de todo tiempo o lugar. A diferencia de los sueños, suceden estando despierto y siendo parcialmente consciente de ello. Se trata de una situación anómala que te situa en el umbral que linda entre la realidad y el sueño.

El momento en que más a menudo sufro este proceso es cuando me tumbo en la cama por la noche, en el preámbulo del sueño. Ese es el momento en el que paso balance, casi inconscientemente, de mi vida y de lo que soy y lo que anhelo. Poco a poco la lucidez aparece, síntoma inequívoco de que el viaje ha empezado. Entre imagenes difusas y recuerdos borrosos se urde una trama ora dulce, ora amarga, ora agradable y ora cruel pero casi siempre irrefrenablemente embriagadora. En ellas se mezclan pasado, presente y anhelos futuros. Recuerdos de infancia y adolescencia, pervertidos por el tiempo y los caprichos de mi mente, afloran de nuevo y se entremezclan con las más variopintas y surrealistas situaciones. A veces me pueden llevar al sonrojo, a la ternura, a la risa, a la melancolía, pero otras veces me llevan a la angustia. Los errores cometidos, las experiencias traumáticas, los miedos también me persiguen a menudo en mis ensoñaciones y, evidentemente, no puedo, ni quiero, hacer nada para evitarlo. Un golpe de realidad en la irrealidad podria llamarse.

También existen otro tipo de ensoñaciones y son las que elucubran geniales y coherentes teorías, habitualmente sobre el arte que es mi campo de estudio. Parece mentira como fluyen las ideas en esos momentos, como, por arte de magia, los argumentos se estructuran perfectamente y como las hipótesis se resuelven magistral y rotundamente. Soy capaz de escribir un libro en apenas unos minutos en esos momentos cuando, en realidad, soy incapaz de escribir un par de páginas sin gastar horas y horas. Lo más fascinante de todo es que si, por un casual, decides con determinación levantarte de la cama para plasmar por escrito todas esas genialidades éstas desaparecen, se disuelvemn como un azucarillo en el café. Es el castigo por pretender alcanzar en un instante lo que no podrías alcanzar siquiera en años. Otro golpe de realidad en la irrealidad.

También sobrevienen las ensoñaciones cuando uno se dedica a la lectura y no tan sólo con la literatura, también, sino más, con los ensayos y todo tipo de libros sesudos. La lectura y mi débil capacidad de concentración crean el marco de sosiego idóneo para penetrar en el mundo de la ensoñación.

Desconozco si todo el mundo goza de las ensoñaciones con la misma asiduidad y fruición que yo. Quiero creer que sí. Creo que el mundo es de los pragmáticos pero la plenitud del ser es patrimonio tan sólo de los soñadores.

Hasta la próxima, y en vuestra próxima ensoñación pensar, aunque sea brevemente, en mí.

divendres, maig 06, 2005

Reflexiones sobre arte (1)

Creo que fue Goethe el que dijo, en alguno de sus escritos, que la obra de arte es lo que hace el artista y "algo más". Ese "algo más" vendría a ser lo que cada uno ponemos cuando nos enfrentamos a dicha obra de arte. Esto la convierte en un elemento dual: por una parte está lo que todos reconocemos, o podemos reconocer, en ella y, por otra, está lo que cada uno experimentamos de forma única. Se convierte, así, la obra de arte en algo único y precioso para cada uno de sus espectadores. Este filtro subjetivo, esta, llamemósle sin entrar a valorar la idoneidad terminológica ahora, experiencia estética nos permite construir nuestra propia obra de arte. Esto sería uno de los factores que explicarían el que cada uno aprecie más una obra que otra y que también se aprecien obras que, generalmente, pasarían desapercividas.

Mi intención aquí no es más que este. Hablar sobre una obra, marginal, que en su tiempo (y aún hoy día) me fascinó. Se trata del cuadro de Rembrandt Diana con Acteón y Calisto ( Anholt Castle Museum, Alemania).



En principio se trata de un cuadro dónde se representan dos escenas mitólogicas con un mismo protagonista en ambas. Son, respectivamente, Diana y Acteón y Diana con Calisto. La historia en detalle nos es ahora importante (si a alguien le interesa están ambas en Las Metamorfosis de Ovidio. Lo que si interesa señalar es que en ambas el tema principal gira alrededor de la castidad. Esta dualidad ya es, de por sí destacable además de tratarse de un cuadro bastante atípico, estlñisticamente hablando, de Rembrandt.

Pero para mí lo más interesante es otro aspecto, algo más oculto y que en su momento fue lo que me inquietó y fascinó. Si escrutamos con detalle el cuadro observamos que entre las dos escenas aparece una figura, que además se encuentra en el eje compositivo que parece ajena a ambas. ¿Porqué sucede esto?. Además es la única que va ligeramente ataviada y reforzando todo esto observamos que luce un turbante o tocado orientalizante que la desvincula de toda referencia al mundo clásico y, particularmente, al mitológico. ¿Que pinta entonces esta figura inquietante, desubicada, ajena?. La respuesta es, si cabe, todavía más inquietante y para hallarla se necesita escrutar el cuadro mucho más a fondo, con mirada cuasi detectivesca. Si se presta extremada atención en la espesura sombría del bosque, en el centro de ésta, aparecen difuminados, escondidos, camuflados dos sombras que se dirian son dos hombres. O, cuánto menos, figuras humanas (lamentablemente la imagen de internet no es lo suficientemente buena para verlo, pero en las reproducciones en papel sí que se observa). Curiosamente, por su posición, parecen relacionarse con esa extraña figura del centro. Indagando un poquito en otras obras del mismo pintor nos encontramos con ésta sorpresa:



es el cuadro Susana en el baño. Aquí vemos a una figura femenina semidesnuda que es observada a hurtadillas por dos personajes que se confunde con la maleza. ¡Héte aquí que casualidad!. A partir de esto podemos inferir que en el cuadro de Rembrandt no aparecen dos escenas, sino tres y que, el tema no sería ya mitólogico sino una alegoría moral o, en el mejor de los casos, se trataría de una relación entre lo mitológico y la bíblico, puesto que la figura central del cuadro es Susana y no Diana.

Ahora, lo importante no es tanto la explicación del cuadro sino que me hizo empecinarme en él. Pues fue, básicamente, la sensación de extrañeza que me produjo esa figura de Susana (antes de saber que fuera, quizás, ella). Este cuadro me produjo un choque al cual no me pude abstraer. Era un cuadro del que apenas encotré dos vagas descripciones formales, además muy insuficientes (ya se sabe, es lo que tienen las obras "menores" de un genio tan prolífico como Rembrandt).

Sin duda, para mí, este cuadro ya no es sólo una pintura de Rembrandt, pasó a ser desde el mismo momento en que lo ví algo más que eso. A pesar de todo aún hay algo de inquietante en el cuadro y con el que no puedo dejar de pensar cada vez que lo veo. Me absorbe poderosamente la figura del margen izquierdo. ¿A dónde se dirige esa chica, ataviada con (lo que parece) una pluma? ¿Que mira con esa fijación? ¿Qué es lo que ve que no pude dejar de marchar hacia la peligrosa profundidad de las aguas? Quién lo sabe... Eso es lo que hace que el cuadro aún tenga para mí esa aura de misterio que tanto place.

Un saludo y hasta la próxima.